Paper dresses, los vestidos de los años 60 que se anticiparon al concepto de ‘fast fashion’

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Elaborados con celulosa, estos diseños fueron el perfecto lienzo en blanco para la cultura pop y el consumo de masas que lideró la juventud a mediados de s. XX

Dice Mary Quant que el futuro siempre será de los jóvenes. Una frase demoledora que viene a resumir perfectamente los cambios tan radicales que han supuesto los adolescentes a lo largo del siglo XX. Lo que se dejó ver de manera incipiente en la década de los veinte, en los años sesenta se convirtió en un terremoto que puso patas arriba la sociedad en todos sus ámbitos. La autobiografía de la diseñadora británica, Quant by Quant, es una demostración constante del carácter rupturista de una generación. Su forma de pensar, de ver la sexualidad y por supuesto, su manera de vestir, chocaba a todas luces con el estilo de sus madres: “Las voces, reglas y cultura de esta generación son tan diferentes de las del pasado como el té y el vino. Y la ropa que eligen evoca sus vidas… atrevidas y alegres, nunca aburridas”, escribía en sus memorias una de las responsables de crear la minifalda.

La suya fue una generación que se convirtió en el centro del universo. Compraban en tiendas al ritmo casi frenético que marcaba la música que salía de alguna de ellas (algo que no existía hasta el momento). A los dos minutos se cansaban de una tendencia, pasaban a otra. Se enfundaban en vestidos y accesorios igual de alocados que su forma de consumir. Su sed por la novedad contribuyó a acelerar los engranajes de la moda a un ritmo más y más rápido, hasta llegar a un sistema implantado que hoy la industria trata de moderar. Si el sector encontró en los más jóvenes un filón ávido de consumo, existió a finales de los años 60 una moda afín a ellos que fue mucho más que una tendencia efímera: los paper dresses, los vestidos de papel, vinieron a convertirse en la metáfora perfecta de una generación que parecía anticipar el fast fashion y su forma de concebir la ropa.

Tony Curtis pintando sobre el paper dress de Claudia Cardinale durante el rodaje de la película ‘No hagan olas’ (1967).

El carácter experimental de la década subió a la pasarela el vinilo o los metales. Solamente era cuestión de tiempo que viesen el potencial del papel: ya existía como material protector sanitario y ropa de cama desechable para los hospitales. Faltaba convertirlo en un tejido que pudiese colgarse de las perchas. De hecho, fueron dos de las multinacionales asociadas al papel las primeras en vincularse a estos vestidos. Y lo hicieron con dos respectivos materiales patentados que no eran únicamente papel, sino formulaciones a partir de celulosaScott Paper Company (responsable, sí, de firmas como Scottex) utilizaba una malla de rayón para su Dura-weave, mientras que Kimberly Stevens recurría al nylon para Kaycel, usando como era costumbre para sus productos la letra K, como en sus kleenex.

Todo comenzó allá por 1965, cuando un ingeniero de Scott Paper pensó que podría haber posibilidades en la moda de papel. Pidió a su mujer el patrón de un sencillo vestido en línea A para poder hacer prendas que vender a grandes almacenes como novedosa pieza de verano. Cuenta Jonathan Walford en Sixties Fashion que no hubo mucho interés, pero como patrocinador del concurso de belleza televisado Junior Miss Pageant en 1966, Scott lo convirtió en un objeto promocional que se retransmitió por todo Estados Unidos. Se lanzaron las ventas en abril de ese año: por 1,25 dólares se podía comprar a través del correo uno de los dos vestidos de papel posibles. Comercializados bajo la marca Paper Caper, uno se caracterizaba por su estampado rojo y amarillo de tipo bandana. El otro paper dress incluía una obra de Op-Art, los cuadros hipnóticos de Victor Vasarely que el diseñador italiano Roberto Capucci ya había traducido en abrigo el año anterior.

Primeros ‘paper dresses’ de Scott Company con un diseño bandana y en Op-art (1966)

Como si de un mueble de Ikea se tratase, cada vestido venía con un manual de instrucciones en el que explicaban cómo modificarlo o cuidarlo, además de un aviso sobre cómo meterlo en la lavadora podría eliminar su capacidad ignífuga. “Para acortar el vestido, todo lo que se necesita es una mano firme y un par de tijeras […] Mientras que no deberías contar con llevarlo más de una vez, dependiendo del uso hay quien se lo ha podido poner hasta tres o cuatro veces. También puedes cortar el vestido para utilizarlo como toallas de usar y tirar para invitados, o incluso como delantal. Nunca sustituirá al vestido negro como básico de armario, pero como prenda de conversación y para llamar la atención, Paper Caper es único”, recogía.

El vestido de papel parecía adaptarse como un guante a las necesidades de las más jóvenes: por un lado, solo permitía varios usos, la excusa perfecta para pasar a la siguiente novedad. Y lo hacía a un precio muy asequible que todo el mundo podía costearse. Por el otro, encajaba a la perfección con la naturaleza anti costura de esas nuevas clientas femeninas que rechazaban la actitud “make, do and mend de la generación anterior. Ya no se trataba de la idea de remendar y reciclar que imperó con la escasez en la Segunda Guerra Mundial. Ahora era más interesante coger unas tijeras y cinta adhesiva que pasar toda la noche con el costurero. Además, para aquellas jóvenes ansiosas por explorar las libertades crecientes de la década “salir en un vestido que era descaradamente fácil de arrancar planteó una forma excitante de subrayar la nueva política sexual”, planteaba el Victoria & Albert Museum en un artículo al respecto de los paper dresses.

Una mano precisa y unas tijeras. Solo se necesitaba eso para personalizar un vestido de papel y hacerlo ‘mini’.

En plena Guerra Fría y en la lucha por el liderazgo espacial, los vestidos de papel eran además lo más parecido a mirar hacia el futuro. Eran “la respuesta a la colada en el espacio”, como los definió un artículo de la revista Life en su número del 25 de noviembre de 1966. A fin de cuentas, ¿Quién iba a plantearse poner una lavadora estando en órbita? Los paper dresses eran una opción mucho más factible, sobre todo teniendo en cuenta, recogían en la publicación, que una de sus principales atracciones era que “no parece papel en absoluto, sino más bien una tela de algodón”.

La cifra que más suele salir a relucir es la de las ventas de Scott Paper: hacia finales de año ya llevaba vendidos unos 500.000 vestidos. Los beneficios de la ropa de papel, según cuentan en Dress and Popular Culture, atrajeron más de sesenta manufacturas, con ventas estimadas entre los 50 y los 100 millones de dólares en un año. El tejido de papel se vendía al por mayor a unos 8-10 dólares la yarda (5-7 euros el metro, aproximadamente), aunque se esperaba que bajase de precio. Otra de las compañías que lideró el sector fue Mars of Asheville, cuyos vestidos venían etiquetados bajo el nombre “Waste Basket Boutique” (algunos se conservan todavía en la colección del Victoria & Albert Museum de Londres). En su obra, Jonathan Walford explica que hacia finales de 1966 era el principal fabricante de desechables: producía 80.000 prendas de papel a la semana, habían vendido 1,4 millones de unidades y las ventas alcanzaban los 3,5 millones de dólares.

‘Paper dress’ de Waste Basket Boutique (1967).

Varios fueron los diseñadores que crearon prendas de papel: Scott Paper encargó a Paco Rabanne que hiciese paper dresses para complementar sus diseños más conocidos de plástico y metal sobre la pasarela parisina. Ossie Clark también produjo sus propios modelos desechables a unos quince chelines la unidad, mientras Bonnie Cashin ideó una línea de prendas llamada Paper-Route. En el marco de una sesión fotográfica inmortalizada por Horst P. Horst para la revista Look en 1967, varios de los couturiers principales participaron con diseños de papel propios: según Walford, Fabiani lo hizo con un vestido dorado, Pucci con culottes en blanco y negro, Belville con un vestido de novia, Dior con un vestido blanco corto y Givenchy con un un abrigo plateado acolchado. El propio Horst se involucró en los diseños, creando un traje de sastre de papel en color verde que el actor Steve McQueen lució en el reportaje fotográfico de la publicación.

Modelos durante la presentación en París de la colección ‘Puzzle’, vestidas con ropa de papel (1967).

Hubo diseñadores que incluso se especializaron en moda de papel. Fue el caso de Elisa Daggs, una creadora con base en Nueva York cuyos diseños pueden encontrarse en las vitrinas de museos como el MET,  el Fine Arts Museum de San Francisco o el Fashion History Museum de Ontario (Canadá). Especializada en prendas como los caftanes, hizo varios encargos de papel ligados a las aerolíneas internacionales. El primero fue un sari promocional para Air India (1967) y un año después colaboró con Trans World Airlines, para la línea francesa (en color dorado) y para la italiana (una especie de kimono con cinturón). Sus diseños son el ejemplo perfecto de la complejidad que adquirieron la estructura de los paper dresses: ya no eran sencillos vestidos de silueta A y líneas puras. Ahora se llenaban de volantes, o sus patrones incluían hasta ocho piezas, como algún vestido de rayas que produjo en 1967.

Los años 60 trajeron una relación muy estrecha entre el mundo aéreo y la moda. Los ‘paper dresses’ también llegaron hasta los uniformes de las azafatas de British Airways (1967).

Además, el paper dress llevó a declinaciones que dejaron de considerarlo exclusivamente como una prenda asequible. En su número de noviembre de 1966, la revista Life hablaba del amplio rango de precios que podía adquirir esta pieza, “desde los mil dólares de un vestido de noche” al poco más de un dólar que podía costar un vestido de playa. En ese mismo reportaje se incluyeron los tres modelos que Tzaim Luksus creó con motivo del Paper Ball (una gala benéfica que hubo en el Wadsworth Atheneum museum de Hartford), y cuyo precio ascendía a mil dólares. El mismo coste del vestido, también de Luksus, que lució la actriz Arlene Dahl en en el famoso programa de televisión I’ve got a secret (1966), donde presentó una colección de vestidos de papel

“No hay ninguna necesidad de preocuparse por que un vestido tan democrático (uno que puede permitirse todo el mundo) acabe con la élite de la moda. Las mujeres acaudaladas y con contactos sociales pueden solicitar a artistas que creen varias piezas especiales de papel para un evento especial y después donarlo a un museo, siempre que la prenda no se haya deteriorado sobre la pista de baile”; escribía la comentarista social Marilyn Bender en declaraciones recogidas en Sixties Fashion. A pesar de su naturaleza humilde, no era la primera vez que un vestido de papel se consideraba un lujo: eran muy preciados en Japón durante el periodo Kamakura (1192-1333) y durante el periodo Edo (1603-1867) los más caros eran considerados de una elegancia exquisita.

El lienzo perfecto para la cultura pop de los 60

Hay quien se reveló contra el exceso sartorial de estas prendas. El artista gráfico Harry Gordon quiso tratar al paper dress como un lienzo: sus ‘vestidos póster’ se vendían a tres dólares, con unos patrones sencillísimos en línea A y sin mangas. El protagonista absoluto del diseño era su estampado: cinco modelos con cinco imágenes que iban de un ojo a un gato, pasando por una rosa, un cohete despegando (en órbita con la fiebre espacial que impactó en la moda) y una mano abierta con el símbolo budista de la paz. El lanzamiento inicial en Reino Unido en 1967 incluía el rostro en grande de Bob Dylan, pero no dio el permiso para ser impreso en su lanzamiento en Estados Unidos la primavera del año siguiente.

Vestido ‘póster’ de papel con el rostro de Bob Dylan.

Gordon no fue el único artista que ahondó en este vestido. Andy Warhol también hizo de él un punto de partida para la publicidad: había estado experimentando con las latas de sopa Campbell desde 1962, un motivo repetido hasta la saciedad y convertido en icono pop donde los haya. Lo tradujo a la moda a través del ‘souper dress’, un modelo de papel que recrea múltiples veces el motivo de las latas. Todo el mundo quería tener su modelo: como recoge Jonathan Walford en Sixties Fashion, la firma alimenticia Joy Green Giant (El Gigante verde) anunciaba su ‘paper dress’ con estampado de hojas verdes en 1967. Yellow Pages ofrecía también su propio diseños, impreso con hojas de periódico en amarillo. La revista Time incluía un modelo promocional en blanco y negro con las letras del nombre de la publicación.

En un momento en el que tanto la moda como el arte eran un fiel reflejo del consumo de masas de la época, el paper dress se convirtió en el perfecto símbolo de todo lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Podía convertirse en una obra de arte ponible, en un anuncio andante, incluso en un elemento de propaganda política. Así lo demostraron al menos las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 1968. Para la posteridad quedan los paper dresses ‘políticos’ con estampados de los principales candidatos políticos: el de Nixon incorporaba su nombre con letras azules sobre fondo en blanco, un diseño que lucieron varias chicas en Pittsburgh a la llegada del político al Civic Arena de la ciudad . Además de las estrellas, el de Bobby Kennedy incluía su propio rostro en blanco y negro. En la campaña para ganar la nominación al partido republicano en la carrera presidencial, el del gobernador Nelson Rockefeller repetía su cara varias veces sobre un fondo en amarillo y azul.

‘Paper dresses’ con los rostros de varios candidatos presidenciales norteamericanos (1968).
‘Paper dresses’ políticos para las campañas presidenciales de Nelson Rockefeller y Richard Nixon (1968).
‘Paper dress’ de la campaña electoral de Robert Kennedy con retrato, por Norman Rockwell (producido por James Sterling Paper Fashions Ltd. Nueva York, 1968).

Papel mojado

El papel parecía el material del mañana: la locura había llegado a las joyas e incluso hasta las pestañas, como recogía Life en 1967. Elisa Daggs decía que las máquinas de sellado sustituirían a las de coser. Incluso había quien vaticinaba un futuro en el que los vestidos podrían venir en grandes rollos, como bolsas de sándwiches, y que se venderían por centavos. Pero la realidad es que a pesar de su impacto, la fiebre duró solo unos pocos años. Hacia finales de los años sesenta, y ante el corto suministro de Dura-weave y Kaycel, los principales fabricantes estaban utilizando Reemay y Tyvek (ambas patentadas por Dupont) o Fibron para una ropa que más que de papel, ya era más bien ropa desechable. Descubrir su poca practicidad también fue uno de los responsables de su ocaso: “Aunque las prendas estaban pensadas para llevarlas no más de una vez, parecía decepcionante descubrir que esto era cierto. Los vestidos se hinchaban cuando la persona se sentaba, los estilos de las mangas a menudo se apelmazaban. Los dobladillos tenían una tendencia a doblarse a lo largo del borde”, describía Walford en Sixties Fashion.

Con los años, los paper dresses pasaron a ser, casi literalmente, papel mojado: su naturaleza efímera y su filosofía de usar y tirar chocaban con las ideas anti consumistas que adoptó una nueva generación de jóvenes que marcó el final de los años 60. Como contracultura, el movimiento hippie se opuso al capitalismo exacerbado, apostando por una moda de estética étnica que volvía a poner en valor la artesanía y los trabajos manuales como el crochet o el macramé. Aunque los vestidos de papel hayan vuelto de forma aislada sobre la pasarela con diseñadores más experimentales como Hussein Chalayan o Rei Kawakubo (su colección para Comme des Garçons primavera verano 1992 se inspiraba en dibujos de papel cortados japoneses en la línea de los goshoguruma y momiji), hoy quedan a pie de página como una anécdota de la historia que se conserva en los museos. El recordatorio de que una vez miramos hacia el espacio buscando materiales alternativos que pudiesen adaptarse a nuestro futuro. El ejemplo de que, a un ritmo que trata de ser más lento y consciente, la historia siempre se repite.

Vestido de papel con una mano estampada, de la artista Edith Ryker (1967).

FUENTE: VOGUE

Los zapatos icónicos del Cine

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Los zapatos rojos de Judy Garland en ‘El Mago de Oz’ (Victor Fleming, 1939)

Sería fantástico que pronunciar las palabras ”No hay lugar como el hogar” y dar unos golpecitos de talón con los zapatos rojos de lentejuelas fueran suficiente para volver a casa después de un largo viaje.


Las zapatillas de ballet de ‘Las zapatillas rojas’ (Michael Powell, 1948)

La protagonista de esta clásica película inglesa, no podía parar de bailar con estas zapatillas rojas de ballet.

Los Pilgrim de Catherine Deneuve en ‘Bella de día’ (Luís Buñuel, 1967)

Es uno de los diseños más emblemáticos de Roger Vivier, unos zapatos de hebilla rectangular y tacón medio grueso que Catherine Deneuve hizo famosos en ‘Bella de día’.

Las zapatillas Nike de Michael J. Fox en ‘Regreso al futuro 2’ (Robert Zemeckis, 1989)

Las zapatillas que se ataban solas eran unas de las cosas que sucedían en un lejano futuro 2015. Este año Nike ha anunciado que sacará un modelo inspirado en las que llevaba Marty McFly.

Las botas de charol de Julia Roberts en ‘Pretty Woman’ (Garry Marshall, 1990)

Una botas de escándalo, de charol y por encima de la rodilla, para una de las prostitutas más entrañables que ha dado el cine.

Las zapatillas Nike de Tom Hanks en ‘Forrest Gump’ (Robert Zemeckis, 1994)

El personaje de Tom Hanks no hubiera recorrido los mismos kilómetros sin el clásico modelo ‘Cortez’ de Nike.

La zapatillas Asics de Uma Thurman en ‘Kill Bill’ (Quentin Tarantino, 2003)

Tarantino vistió a la nueva heroína de acción con chándal y zapatillas de deporte de color amarillo, un look que quedará en los anales de la historia del cine y que es un bello homenaje a Bruce Lee.

Las zapatillas Adidas de Bill Murray en ‘Life Aquatic’ (Wes Anderson, 2004)

La películas Wes Anderson siempre están llenas de interesantes objetos sartoriales. En esta ocasión el original look de Bill Murray lo completaban las zapatillas Zissou de Adidas.

La zapatillas Converse de Kirsten Dunst en ‘María Antonieta’ (Sofia Coppola, 2006)

Unos de los gazapos históricos más cool de la historia del cine, las zapatillas Converse de color lila que formaban parte del guardarropa de María Antonieta.

Los ”manolos” de Sarah Jessica Parker de ‘Sexo en Nueva York’ (Michael Patric King, 2008)

Carrie Bradshaw lanzó al estrellato estos zapatos súper femeninos y sofisticados diseñados por Manolo Blahnik.

Los zapatos de cristal de Lily James en ‘Cenicienta’ (Kenneth Branagh, 2015)

El zapato de cristal de Cenicienta es una pieza clave del argumento de este cuento clásico. Y se ha convertido en unos de los zapatos más versionados de la historia.

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