Diccionario marinero de las tendencias de verano 2021

De las rayas marineras a los gorros y redes de pescador, pasando por toda la fauna marina que imprimen las prendas esta temporada.

No hay primavera sin estampados de flores, así como no hay verano sin alguna referencia marina o náutica. Pero hay años en los que la temporada del buen tiempo viene especialmente cargado de referencias. Y tras un año de confinamiento, 2021 no podía ser mejor embajador estilístico de nuestras ganas de vacaciones de verano. A medio camino entre la realidad y escapismo que definen las tendencias de primavera verano de este año, las alusiones al mar y al océano son a la vez las más pragmáticas y las más escapistas que podía proponer la industria en estos momentos. Así que nos adelantamos un poco a los próximos meses haciendo un repaso a todo el contexto marinero que vestiremos en verano.

Rayas marineras

Este básico atemporal donde los haya es una inversión absoluta que se repite año tras año de alguna u otra forma. La camiseta de rayas marinera, tan propia de firmas como Jean Paul Gaultier o Coco Chanel, regresa en camisetas de diferentes largos con Celine, combinadas con viseras y bailarinas. Un uniforme de lo más práctico que Balmain también lleva a posible look de oficina en formato chaleco, con un aire más preppy. Mientras Bruno Cuccinelli opta por total looks, Myar le da un giro apostando por crop-tops de manga larga cortados justo a la altura del pecho.

No es la primera mención que hace la pasarela a la figura del pescador este año: si en otoño se pusieron de moda sus botas, este año también lo hace su clásica herramienta de trabajo. Es la principal referencia en vestidos de Acne, que coronaba con accesorios con efecto nacarado. También en una suerte de prendas superpuestas en Hermès, sobre las chaquetas y bolsos de Burberry y en formato vestido en David Komacuya inspiración bebe a su vez del tenis para esta temporada.

Motivo de red

Junto con las rayas marineras, en los últimos años no hay verano en el que las conchas no estén presentes de alguna manera, especialmente en joyas: ¿quién no recuerda acaso aquel collar con caracolas XL de Prada de la primavera pasada? Como recogía María José Pérez hace unos días, en 2021 no pasa solo por collares de conchas, sino más bien a través de estampados: las conchas de diferentes moluscos son las protagonistas absolutas de los vestidos y los accesorios de Stella McCartney, por ejemplo. Si Versace propone tops con forma de bivalvo a la altura del pecho al puro estilo ‘La Sirenita’, Rejina Pyo se decanta por looks de aire más playero, con prendas estampadas que parecen perfectas para llevar sobre nuestro bikini favorito. 

Conchas, por todas partes

Los hemos visto en todas las declinaciones posibles: más grandes, más pequeños, al puro estilo surfista y con la clásica caracola. Este verano, los accesorios, con especial énfasis en los collares, se transforman en complementos que incluyen otros moluscos para llevar sobre sujetadores a la vista, como hace Alberta FerrettiMara Hoffman ha decidido darle un lugar muy especial en su colección, convirtiendo las conchas en collares rotundos que no pasan desapercibidos o gafas de sol que las incorporan en versión XL sobre la montura. En términos de complementos, este molusco viene además con un añadido: es el nombre que da, en inglés, a dos de las novedades del momento: el bolso ‘Shell’ de Loewe y el homónimo de Bottega Veneta. A la vista queda su silueta.

También en accesorios

Otra fauna marina

No solo de conchas vive la biología marina que inspira a la moda esta primavera verano: otros animales también son protagonistas, como los peces de algún curioso accesorio que propone Marine Serre, a juego con el estampado que la firma ha bautizado  como ‘moon fish’. El coral es otro invertebrado marino que se cuela en los vestidos de Stella McCartney y en las camisas de Rejina Pyo, pero si hay una figura que marca la pauta en el reino animal en 2021 es la estrella de mar: en un homenaje a la colección ‘trésor de la mer’ de Gianni Versace para la primavera de 1992, su hermana Donatella rescató del baúl del recuerdo (o de las profundidades del océano, según se mire) su figura para recrearla en broches, bordados sobre vestidos y estampados multicolor que imprimen por igual prendas y accesorios.

Gorro de pescador

No decimos nada nuevo cuando comentamos que el gorro de pescador sigue con nosotros: el bucket hat, que tenemos ya más relacionado al imaginario del hip-hop que al de los propios pescadores, es uno de los accesorios por antonomasia del verano. La cuestión radica en que los estampados contribuyen a recalcar su naturaleza marinera, como las rayas de Jason Wu o los motivos náuticos de Karen Walker. En Burberry, Nicolas Ghesquière ahonda en su silueta apostando por un diseño con el ala trasera mucho más grande, una creación que evoca su pasado en Balenciaga (y lo larga que es la sombra del modisto español).

Veleros

Junto con las rayas marineras y los nudos de los prints tipo pañuelos que ha utilizado Etro en su colección de primavera, los barcos son la otra referencia más literal a la hora de bajar a tierra la inspiración náutica. Es la máxima que ha utilizado Toga, que sustituye la concha habitual por la figura de un barco surcando las olas. Emilia Wickstead, por su parte, se sirve del dibujo de varios veleros para traducir ese anhelo por viajar: el punto de partida de la diseñadora fue Faery Lands of the South Seas, un libro de no ficción publicado en 1921 por los escritores de viaje James Norman Hall y Charles Bernard Nordhoff.

FUENTE: VOGUE

Los 13 momentos que cambiaron la historia de la moda

Las 27 ediciones de Vogue se unen para abordar el tema de la creatividad en su edición ‘Creativity’. Rendimos homenaje a los deslumbrantes talentos que vieron el futuro de la moda y lo hicieron realidad.

El reto: describir el papel que han tenido las mentes más creativas de la historia de la moda en los avances culturales del pasado siglo sin utilizar adjetivos como revolucionariopionero o rompedor.

A todas nos suenan los grandes nombres —Coco Chanel, Elsa Schiaparelli, Christian Dior, Yves Saint Laurent, Karl Lagerfeld, Miuccia Prada, Rei Kawakubo—, las primeras espadas en la cima del diseño que han cambiado nuestra manera de ver el mundo, pero ¿cuándo exactamente tuvieron lugar esos saltos de creatividad? ¿Cómo pasaron por encima de las convenciones sociales? ¿A quién le sentó mal en el momento?

Ahora que las 27 ediciones de Vogue de todo el mundo nos unimos para abordar el tema de la creatividad, rendimos homenaje a las mentes revolucionarias y pioneras que cambiaron las reglas del juego al ser capaces de ver el futuro y hacerlo realidad. Estos son los 13 momentos que cambiaron la historia de la moda para siempre.

Denise Poiret en 1919
© Photo by Keystone-France/Gamma-Keystone vía Getty Images.

1911: Paul Poiret, el ‘Rey de la Moda’ y el nacimiento del editorial de moda

“Más que cualquier otro diseñador del siglo XX, Paul Poiret llevó la moda al estatus de forma de expresión artística”, reza la descripción de la exposición del Metropolitan Museum of Arts a propósito de la radical creatividad del modisto parisino. La exposición de 2007 del Instituto del Traje del MET en honor a sus creaciones llevó un título muy acertado: Paul Poiret, The King of Fashion [Paul Poiret, el Rey de la Moda]. Su reino fue de lo más revolucionario.

La comediante francesa Cora Laparcerie  (1875-1951)  en 1913, interpretando a Myriem en la obra “Le Minaret”, de  Jacques Richepin (traje de Paul Poiret).  
© Apic/Getty Images

Cuando no estaba organizando decadentes bailes de sociedad como manera ingeniosa de lucir sus últimos diseños ante su acaudalada clientela, se entretenía con corsés, atendiendo a embajadoras de la flor y nata de la sociedad —como la actriz de teatro francesa Gabrielle Réjane. A su vez, fue el primer modisto en lanzar una línea de perfumes. El hito que cambiaría el rostro de la moda para siempre llegó en 1911, cuando el fotógrafo de Bellas Artes Edward Steichen retrató los diseños de Poiret para el número de abril de la revista Art et Décoration. Se considera uno de los primeros editoriales de moda.

Portada de Vogue USA de julio de 1932. 
© Edward Steichen/Condé Nast vía Getty Images

Más tarde, en 1932, Steichen sería el encargado de hacer la primera portada a color de Vogue Estados Unidos, donde vemos a una modelo con traje de baño ejercitándose con un cielo azulón de fondo para el número de julio de la revista. El crac del 29 obligaría a Poiret a bajar la persiana, pero su perenne legado creativo se conservó como hoja de ruta para construir la industria multimillonaria que estaba a punto de  emerger.

Ilustración de Vogue de 1926.
©  Condé Nast vía Getty Images.

1926: el vestidito negro de Coco Chanel se presenta en sociedad en el número de octubre de Vogue

“Maldita sea, ¡a todas esas mujeres, anda si las voy a vestir de negro!”, fueron las célebres palabras de la siempre iconoclasta Coco Chanel. El resultado fue el vestidito negro, un diseño que tipificaba las intenciones igualitarias de Chanel y que se presentó al mundo a través de una ilustración de Vogue Estados Unidos. En la ilustración vemos un vestido negro por la rodilla y de manga larga. La silueta es recatada, incluso conservadora para los estándares presentes. Sin embargo, si pensamos que corría el año 1926, aquel vestido encarnó el espíritu liberal de los locos años veinte. Chanel le había dado una vuelta de tuerca a la convención y la clase social, por ejemplo, para que las prendas negras no solo fuesen el uniforme de las sirvientas y de los funerales. Un paso que se convirtió en clave para su éxito.

Fotografía de Cecil Beaton para Vogue (1937).
© Cecil Beaton/Condé Nast vía Getty Images

Los años treinta: Elsa Schiaparelli abandera las colaboraciones artísticas, el humor y el ingenio

La diseñadora italiana que hizo que la moda fuera inseparable de uno de los grandes movimientos artísticos del siglo XX, el surrealismo —el mejor ejemplo sería su ‘vestido langosta’ de 1937, una colaboración con Salvador Dalí—, empezó con algo más utilitario y deportivo, el punto. “Durante la guerra, no todo giraba en torno al glamur. Hacía cosas para Hollywood, pero también ropa deportiva”, le decía la nieta de Schiaparelli Marisa Berenson a Suzy Menkes en 2003. En medio de las prohibiciones de la Ley Seca, la diseñadora se valió de su ingenio y agudeza como diseñadora con resultados asombrosos. Por ejemplo, como recuerda Berenson, con “aquel vestido para ocultar una petaca de whisky”.

Modelo con un vestido escotado de Dior en 1947. 
© Nina Leen/The LIFE Picture Collection vía Getty Images

1947: Christian Dior presenta el ‘New Look’ (y todas las mujeres lo quieren)

Una no puede sino imaginarse que Dior sabía que algo muy grande estaba a punto de suceder cuando, el 12 de febrero de 1947, se preparaba para presentar su primera colección. La historia recuerda los noventa diseños que conformaron la colección de alta costura primavera-verano 1947, un desfile que permanecerá para siempre en la memoria como uno de los grandes debuts de la moda y que se recordará, simple y llanamente, como el New Look

El modisto, que había fundado su atelier en el 30 de la avenue Montaigne de París unas semanas antes, en diciembre de 1946, concibió un nuevo comienzo para las mujeres de todo el mundo que levantara los ánimos, y marcó terreno frente a la austeridad de la Segunda Guerra Mundial con una silueta que se recreaba en la feminidad y celebraba las proporciones de la mujer: la falda generosamente abombada, cinturilla de avispa y hombros definidos con un corte elegante. El pistoletazo de salida de una nueva era.

Vogue, abril de 1947: modelo con traje de Dior compuesto de chaqueta clara de seda tusá acolchada en la cadera y entallada en la cintura; falda larga y plisada de punto; y sombrero de ala ancha.
© Serge Balkin/Condé Nast vía Getty Images

1954: Karl Lagerfeld inicia su carrera como ayudante de Pierre Balmain

Décadas antes de que Karl Lagerfeld consiguiera el rango de káiser a las riendas de Chanel, en 1983, el joven diseñador aprendió los rudimentos del oficio a la sombra de Pierre Balmain, el arquitecto reconvertido en maestro de la moda cuyos diseños, según Diana Vreeland eran “la quintaesencia de la alta costura”. Para Lagerfeld, el atelier de Balmain tuvo que suponer una invitación de lo más estimulante a colarse en un torbellino creativo donde parte de sus tareas diarias eran vestir a estrellas como una futura sensación internacional del séptimo arte, Brigitte Bardot.

París, 14 de diciembre de 1954: Karl Lagerfeld tras ganar en la categoría de abrigos de un concurso de diseño patrocinado por el Secretariado Internacional de la Lana. Con él, la modelo que lleva su diseño. Su victoria le llevó a que lo contrataran en el atelier de Pierre Balmain. 
©  Keystone/Hulton Archive/Getty Images

1961: Roy Halston Frowick diseña el sombrero pillbox que Jackie Kennedy lleva en la jura del cargo de su marido

El sombrerero del Medio Oeste que se hizo un nombre en Bergdorf Goodman (Nueva York) se convirtió en uno de los grandes de la industria gracias a una clienta de altísimo copete. Mientras el mundo observaba a J. F. Kennedy jurar el cargo, su mujer, Jackie Kennedy fue coronada con el estatus de icono cultural internacional.

Halston combinó el diseño del sombrero con un abrigo de color azul bebé del aristócrata Oleg Cassini —un estilismo muy “limpio” pensado para darle un aspecto moderno a la primera dama—. Las miradas que seguían la ceremonia desde diferentes rincones del mundo repararon en el sombrero, un diseño harto sencillo que Kennedy, sin querer, abolló durante la ceremonia al protegerse del viento. “Las mujeres que lo copiaban, lo abollaban un poco”, apuntaba Halston, que, ocho años más tarde, en 1969, fundó su casa de modas homónima y se convirtió en el diseñador oficioso de la era de Studio 54 gracias a sus diseños ultralujosos y lánguidos.

Washington D.C., enero de 1961: John F. Kennedy y su mujer, Jackie, saliendo hacia la jura del cargo, en la Casa Blanca. Fotografía: Bettmann
© Bettmann/Getty Images

1966: Yves Saint Laurent difumina las fronteras del género

El look estrella de la colección otoño-invierno 1966/67, ‘Le Smoking’, fue el primer esmoquin diseñado específicamente para mujeres; se inspiró en el traje de corbata negra que llevó la artista Niki de Saint Phalle.

El nombre le viene por las solapas de seda de la chaqueta, que permiten que la ceniza de los cigarrillos de después de cenar pueda sacudirse con facilidad. En muchos sentidos, 1966 parece sorprendentemente tarde para un hito como este. Al fin y al cabo, también fue el año en que las faldas subieron hasta mitad del muslo —seña de identidad del estilo mod—, cuando las adolescentes de zonas bien y veinteañeras aficionadas a la moda adoptaron e imitaron las minifaldas de Mary Quant. Incluso con el ambiente progresista de los años sesenta, el esmoquin femenino siguió siendo un rito de paso de la orilla izquierda del Sena, perfecto para los diseños que rayan en lo andrógino del ingenioso Saint Laurent. Tres décadas antes, en 1933, el jefe de policía de París había amenazado con arrestar a la actriz Marlene Dietrich por atreverse a llevar un traje de hombre

París, 15 de febrero de 1967: chaqueta formal de alpaca, blusa jabot y pajarita de seda negra para la colección de alta costura primavera-verano 1967 de Yves Saint Laurent. 
© TAFF/AFP vía Getty Image

1974: Beverly Johnson se convierte en la primera modelo negra en protagonizar una portada de Vogue Estados Unidos

“No suele haber virajes de suficiente calado como para que cuestionen el statu quo, pero en 1974, Beverly Johnson protagonizó la portada del número de agosto de Vogue Estados Unidos, y fue un hito. Había costado ochenta años, pero, por fin, una persona racializada copaba la primera plana de la revista de moda más importante del mundo”, escribió Janelle Okwodu, de Vogue, en 2016.

Decir que Johnson había sufrido el rechazo de una industria en la que la discriminación racial campaba a sus anchas es quedarse muy cortas. Esa experiencia le dio alas a su labor como activista y defensora de los derechos civiles. “El sueño de toda modelo es estar en la portada de Vogue”, le dijo Johnson a la CNN. “Cuando haces una portada de Vogue, has llegado a la cima. Luego me di cuenta de que era la primera persona racializada que había conseguido una primera plana y todo lo que implicaba, me quedé pensando, ‘madre mía, esto es muy gordo’”.

Agosto de 1974: Beverly Johnson, la primera mujer negra en protagonizar una portada de Vogue.
© Francesco Scavullo/Condé Nast

1976: Calvin Klein se convierte en el primer diseñador que sube unos vaqueros a la pasarela

Hoy en día llamaríamos a su apuesta “tomarle el pulso a los tiempos”: subió unos vaqueros de diario a la pasarela. Sus tejanos, sin duda, le valieron un imperio internacional, que creció gracias a una de las campañas publicitarias más provocadoras del siglo XX, pero si nos fijamos más detenidamente, aquellos primeros vaqueros de Klein de los años setenta nos dejan ver su genialidad: llevaban su nombre en una etiqueta cosida al bolsillo trasero.

1976: Patti Hansen en una campaña de Calvin Klein.
© D.R.

1978: Miuccia Prada asume el mando del negocio familiar de accesorios de lujo

La nieta pequeña de Mario Prada tuvo planes visionarios para el negocio familiar milanés. Prada presentó sus primeras colecciones de prêt-à-porter en la temporada de otoño-invierno 1988/89, un desfile con siluetas llenas de gracilidad y actitud.

“No soy diseñadora de moda, soy quien soy”se rumorea que les espetó a las voces críticas dentro de la propia empresa. También confesó su punto débil creativo. “Me encanta colocarme entre desagradar a cierta gente e intrigar a todo el mundo. Hacer algo normal, pero que tenga un aspecto profundamente extraño”.

1994: la diseñadora italiana Miuccia Prada ajustándole un vestido a la modelo francoitaliana Carla Bruni.
© Vittoriano Rastelli/Corbis vía Getty Images

1982: Rei Kawakubo causa sensación en la Semana de la Moda de París

“En 1981, cuando Rei Kawakubo empezó a presentar sus colecciones para Comme des Garçons en París, ya tenía un séquito muy fiel, conocido como ‘los cuervos’”, escribió Laird Borrelli-Persson, de Vogueen 2017. Su exploración artística del negro fue una seña de identidad de su estilo y del de sus primeras seguidoras (que no le faltaban). Si los ochenta fueron los años de los excesos de Wall Street, el thatcherismo y los trajes llamativos con aura de poder, la labor más instintiva de Kawakubo funcionó como contrapunto. No tardó en correrse la voz por los salones dorados de la Semana de la Moda de París.

1995: desfile de prêt-à-porter de primavera de  Comme des Garçon.
© Guy Marineau/Condé Nast vía Getty Images

Desde que empezó a trabajar en la moda, en los años setenta, el objetivo de Kawakubo fue diseñar para una mujer “a la que no le influye lo que piensa su marido”. No tuvo formación reglada en moda, como se apuntaba en el perfil que le hizo Judith Thurman para The New York Times en 2005, una gran ventaja para fundar una de las casas de moda de vanguardia más veneradas del mundo. “A menudo dice que agradece no haber pasado por la escuela de moda o haber sido aprendiza, porque, al fin y al cabo, aunque no sepa coser o cortar un patrón, no tenía preconcepciones que desaprender ni maestro al que superar”.

1992: desfile de graduación de la CSM de Alexander McQueen.
© Condé Nast Archive

1992: Alexander McQueen se gradúa de la Central Saint Martins

El prodigioso talento de McQueen para la narración mitologizada ya funcionaba a pleno rendimiento al terminar su colección de graduación de la CSM, en 1992. El diseñador, que había perfeccionado su destreza como aprendiz en Savile Row, tituló su trabajo de final de estudios Jack the Ripper Stalks His Victims [Jack el destripador acecha a sus víctimas].

La colección, que se presentó en un desfile colectivo junto con la de sus compañeros, le dio un empujón muy personal a la noción de la “heroína”. Algunas prendas hasta se adornaron con pelo humano entre las capas de tela. “La inspiración para el asunto del pelo viene de la época victoriana, cuando las prostitutas vendían el suyo para guardapelos; la gente lo compraba para dárselo a sus amantes”, revelaba McQueen en una entrevista de 1997 para Time Out. “Era mi seña de identidad, un mechón enmarcado. En las primeras colecciones, era pelo mío”.

Perry Ellis, primavera de 1993.
© Conde Nast Archive

1992: Marc Jacobs y su dosis de realidad para la pasarela

El espíritu carismáticamente rebelde de Jacobs tenía la suficiente potencia para que lo contrataran y lo echaran de la marca de ropa deportiva estadounidense Perry Ellis a principios de los años noventa. No estaban preparados para el célebre desfile “grunge” de primavera-verano 1993 del diseñador, pero ¿quién lo estaba?

Cuadros, juegos de proporciones y siluetas que apuntaban a lo vintage refinado —minivestidos babydoll o vestidos lenceros de aire antiguo— estaban a punto de convertirse en básicos de la pasarela neoyorquina, donde, igual que en la música, se asistía a un cambio de guardia. En menos de media hora, Jacobs había desafiado a la moda más elitista ofreciendo una apuesta completamente accesible que reflejaba el movimiento juvenil universal que estaba en su momento álgido.

FUENTE: VOGUE

El estampado tie-dye tiene el origen más loco que imagines

El LSD, un estanque, el movimiento ‘hippie’ y una brillante estrategia de ‘marketing’ estimularon el viaje sideral de este psicodélico estampado.

Iba Neal Cassady por el desierto de Arizona en 1964, conduciendo un autobús escolar de aire psicodélico, cuando una de las ruedas se hundió en la arena. El vehículo quedó inmovilizado cerca de un estanque. El icono de la Generación Beat estaba de excursión por Estados Unidos buscando The Cool Place junto a Ken Kesey y los Merry Prankster (considerados los primeros hippies de la historia); un grupo tan particular que decidió tomar LSD para matar el tiempo mientras esperaban que alguien acudiera de una vez por todas en su auxilio. 

Habían empezado a meterse en el agua cuando a Kesey se le ocurrió –en plenas subidas y bajadas de viaje alucinógeno– verter unos botecitos de pintura acrílica sobre la superficie. El efecto de los estupefacientes intensificó la visión. Todos se quedaron tan fascinados por el efecto marmoleado que producía la pintura en el agua que sumergieron una camiseta blanca para estamparla. El tie-dye acababa de nacer. Pero no, no, no. No creas que se trata de una leyenda: las imágenes existen. La escena quedó grabada en el documental The Magic Trip, seguida de otro momento donde los protohippies proclaman su autoría sobre el estampado.

Los expertos dirán que eso es mentira, que no es verdad, que en Japón ya hervían flores y hierbas en el siglo VIII para conseguir los tintes del shibori (tan similar, con sus ondas aguadas, al tie-dye), que hay muestras de tejidos con rayas y minúsculos círculos de ese tipo en el Perú precolombino y que en África se emplean estas técnicas desde hace siglos. De hecho, algunos asguran que estas últimas son las que inspiraron la moda pacifista.  

Lo cierto es que los hippies empezaron por vestir telas tribales y folklóricas de segunda mano como una forma de expresar su rechazo el consumo. Luego descubrieron el tie-dye. Decidieron adoptarlo siguiendo el mismo ideal antisistema. Además, lo utilizaban para reciclar las prendas de los uniformes militares. Un poco de tinte textil, un barreño de agua, unas cuerdas por aquí y unos nudos por allá y podían transformar una camiseta anodina en una creación psicodélica. Para cuando llegó el Summer of Love  , en el año 1967, el tie-dye ya era un símbolo de la neonata ideología.

En Estados Unidos, el citado tinte textil era, casi siempre, de la marca Rit. A finales de los años 60, uno de sus empleados de marketing sugirió cambiar el formato: del polvo en cajas pasaron al líquido en botecitos. Con solo estrujar el recipiente el tinte aparecía listo para ser empleado. Fue un golpe maestro que ayudó a propagar el fenómeno. En 1969, Janis Joplin actuó en Woodstock vestida con tie-dye de pies a cabeza, y desde entonces, las masas se contagiaron definitivamente del estampado nacido en un río. 

Lo adoptaron los Rolling Stones y Jimmy Hendrix, pero también el rapero Kanye West, Justin Bieber y un montón de diseños de la última temporada crucero. Por increíble que parezca, como decía Ken Kesey, “todo es verdad, incluso aunque nunca ocurriera”.

FUENTE: MARIE CLAIRE

Paper dresses, los vestidos de los años 60 que se anticiparon al concepto de ‘fast fashion’

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Elaborados con celulosa, estos diseños fueron el perfecto lienzo en blanco para la cultura pop y el consumo de masas que lideró la juventud a mediados de s. XX

Dice Mary Quant que el futuro siempre será de los jóvenes. Una frase demoledora que viene a resumir perfectamente los cambios tan radicales que han supuesto los adolescentes a lo largo del siglo XX. Lo que se dejó ver de manera incipiente en la década de los veinte, en los años sesenta se convirtió en un terremoto que puso patas arriba la sociedad en todos sus ámbitos. La autobiografía de la diseñadora británica, Quant by Quant, es una demostración constante del carácter rupturista de una generación. Su forma de pensar, de ver la sexualidad y por supuesto, su manera de vestir, chocaba a todas luces con el estilo de sus madres: “Las voces, reglas y cultura de esta generación son tan diferentes de las del pasado como el té y el vino. Y la ropa que eligen evoca sus vidas… atrevidas y alegres, nunca aburridas”, escribía en sus memorias una de las responsables de crear la minifalda.

La suya fue una generación que se convirtió en el centro del universo. Compraban en tiendas al ritmo casi frenético que marcaba la música que salía de alguna de ellas (algo que no existía hasta el momento). A los dos minutos se cansaban de una tendencia, pasaban a otra. Se enfundaban en vestidos y accesorios igual de alocados que su forma de consumir. Su sed por la novedad contribuyó a acelerar los engranajes de la moda a un ritmo más y más rápido, hasta llegar a un sistema implantado que hoy la industria trata de moderar. Si el sector encontró en los más jóvenes un filón ávido de consumo, existió a finales de los años 60 una moda afín a ellos que fue mucho más que una tendencia efímera: los paper dresses, los vestidos de papel, vinieron a convertirse en la metáfora perfecta de una generación que parecía anticipar el fast fashion y su forma de concebir la ropa.

Tony Curtis pintando sobre el paper dress de Claudia Cardinale durante el rodaje de la película ‘No hagan olas’ (1967).

El carácter experimental de la década subió a la pasarela el vinilo o los metales. Solamente era cuestión de tiempo que viesen el potencial del papel: ya existía como material protector sanitario y ropa de cama desechable para los hospitales. Faltaba convertirlo en un tejido que pudiese colgarse de las perchas. De hecho, fueron dos de las multinacionales asociadas al papel las primeras en vincularse a estos vestidos. Y lo hicieron con dos respectivos materiales patentados que no eran únicamente papel, sino formulaciones a partir de celulosaScott Paper Company (responsable, sí, de firmas como Scottex) utilizaba una malla de rayón para su Dura-weave, mientras que Kimberly Stevens recurría al nylon para Kaycel, usando como era costumbre para sus productos la letra K, como en sus kleenex.

Todo comenzó allá por 1965, cuando un ingeniero de Scott Paper pensó que podría haber posibilidades en la moda de papel. Pidió a su mujer el patrón de un sencillo vestido en línea A para poder hacer prendas que vender a grandes almacenes como novedosa pieza de verano. Cuenta Jonathan Walford en Sixties Fashion que no hubo mucho interés, pero como patrocinador del concurso de belleza televisado Junior Miss Pageant en 1966, Scott lo convirtió en un objeto promocional que se retransmitió por todo Estados Unidos. Se lanzaron las ventas en abril de ese año: por 1,25 dólares se podía comprar a través del correo uno de los dos vestidos de papel posibles. Comercializados bajo la marca Paper Caper, uno se caracterizaba por su estampado rojo y amarillo de tipo bandana. El otro paper dress incluía una obra de Op-Art, los cuadros hipnóticos de Victor Vasarely que el diseñador italiano Roberto Capucci ya había traducido en abrigo el año anterior.

Primeros ‘paper dresses’ de Scott Company con un diseño bandana y en Op-art (1966)

Como si de un mueble de Ikea se tratase, cada vestido venía con un manual de instrucciones en el que explicaban cómo modificarlo o cuidarlo, además de un aviso sobre cómo meterlo en la lavadora podría eliminar su capacidad ignífuga. “Para acortar el vestido, todo lo que se necesita es una mano firme y un par de tijeras […] Mientras que no deberías contar con llevarlo más de una vez, dependiendo del uso hay quien se lo ha podido poner hasta tres o cuatro veces. También puedes cortar el vestido para utilizarlo como toallas de usar y tirar para invitados, o incluso como delantal. Nunca sustituirá al vestido negro como básico de armario, pero como prenda de conversación y para llamar la atención, Paper Caper es único”, recogía.

El vestido de papel parecía adaptarse como un guante a las necesidades de las más jóvenes: por un lado, solo permitía varios usos, la excusa perfecta para pasar a la siguiente novedad. Y lo hacía a un precio muy asequible que todo el mundo podía costearse. Por el otro, encajaba a la perfección con la naturaleza anti costura de esas nuevas clientas femeninas que rechazaban la actitud “make, do and mend de la generación anterior. Ya no se trataba de la idea de remendar y reciclar que imperó con la escasez en la Segunda Guerra Mundial. Ahora era más interesante coger unas tijeras y cinta adhesiva que pasar toda la noche con el costurero. Además, para aquellas jóvenes ansiosas por explorar las libertades crecientes de la década “salir en un vestido que era descaradamente fácil de arrancar planteó una forma excitante de subrayar la nueva política sexual”, planteaba el Victoria & Albert Museum en un artículo al respecto de los paper dresses.

Una mano precisa y unas tijeras. Solo se necesitaba eso para personalizar un vestido de papel y hacerlo ‘mini’.

En plena Guerra Fría y en la lucha por el liderazgo espacial, los vestidos de papel eran además lo más parecido a mirar hacia el futuro. Eran “la respuesta a la colada en el espacio”, como los definió un artículo de la revista Life en su número del 25 de noviembre de 1966. A fin de cuentas, ¿Quién iba a plantearse poner una lavadora estando en órbita? Los paper dresses eran una opción mucho más factible, sobre todo teniendo en cuenta, recogían en la publicación, que una de sus principales atracciones era que “no parece papel en absoluto, sino más bien una tela de algodón”.

La cifra que más suele salir a relucir es la de las ventas de Scott Paper: hacia finales de año ya llevaba vendidos unos 500.000 vestidos. Los beneficios de la ropa de papel, según cuentan en Dress and Popular Culture, atrajeron más de sesenta manufacturas, con ventas estimadas entre los 50 y los 100 millones de dólares en un año. El tejido de papel se vendía al por mayor a unos 8-10 dólares la yarda (5-7 euros el metro, aproximadamente), aunque se esperaba que bajase de precio. Otra de las compañías que lideró el sector fue Mars of Asheville, cuyos vestidos venían etiquetados bajo el nombre “Waste Basket Boutique” (algunos se conservan todavía en la colección del Victoria & Albert Museum de Londres). En su obra, Jonathan Walford explica que hacia finales de 1966 era el principal fabricante de desechables: producía 80.000 prendas de papel a la semana, habían vendido 1,4 millones de unidades y las ventas alcanzaban los 3,5 millones de dólares.

‘Paper dress’ de Waste Basket Boutique (1967).

Varios fueron los diseñadores que crearon prendas de papel: Scott Paper encargó a Paco Rabanne que hiciese paper dresses para complementar sus diseños más conocidos de plástico y metal sobre la pasarela parisina. Ossie Clark también produjo sus propios modelos desechables a unos quince chelines la unidad, mientras Bonnie Cashin ideó una línea de prendas llamada Paper-Route. En el marco de una sesión fotográfica inmortalizada por Horst P. Horst para la revista Look en 1967, varios de los couturiers principales participaron con diseños de papel propios: según Walford, Fabiani lo hizo con un vestido dorado, Pucci con culottes en blanco y negro, Belville con un vestido de novia, Dior con un vestido blanco corto y Givenchy con un un abrigo plateado acolchado. El propio Horst se involucró en los diseños, creando un traje de sastre de papel en color verde que el actor Steve McQueen lució en el reportaje fotográfico de la publicación.

Modelos durante la presentación en París de la colección ‘Puzzle’, vestidas con ropa de papel (1967).

Hubo diseñadores que incluso se especializaron en moda de papel. Fue el caso de Elisa Daggs, una creadora con base en Nueva York cuyos diseños pueden encontrarse en las vitrinas de museos como el MET,  el Fine Arts Museum de San Francisco o el Fashion History Museum de Ontario (Canadá). Especializada en prendas como los caftanes, hizo varios encargos de papel ligados a las aerolíneas internacionales. El primero fue un sari promocional para Air India (1967) y un año después colaboró con Trans World Airlines, para la línea francesa (en color dorado) y para la italiana (una especie de kimono con cinturón). Sus diseños son el ejemplo perfecto de la complejidad que adquirieron la estructura de los paper dresses: ya no eran sencillos vestidos de silueta A y líneas puras. Ahora se llenaban de volantes, o sus patrones incluían hasta ocho piezas, como algún vestido de rayas que produjo en 1967.

Los años 60 trajeron una relación muy estrecha entre el mundo aéreo y la moda. Los ‘paper dresses’ también llegaron hasta los uniformes de las azafatas de British Airways (1967).

Además, el paper dress llevó a declinaciones que dejaron de considerarlo exclusivamente como una prenda asequible. En su número de noviembre de 1966, la revista Life hablaba del amplio rango de precios que podía adquirir esta pieza, “desde los mil dólares de un vestido de noche” al poco más de un dólar que podía costar un vestido de playa. En ese mismo reportaje se incluyeron los tres modelos que Tzaim Luksus creó con motivo del Paper Ball (una gala benéfica que hubo en el Wadsworth Atheneum museum de Hartford), y cuyo precio ascendía a mil dólares. El mismo coste del vestido, también de Luksus, que lució la actriz Arlene Dahl en en el famoso programa de televisión I’ve got a secret (1966), donde presentó una colección de vestidos de papel

“No hay ninguna necesidad de preocuparse por que un vestido tan democrático (uno que puede permitirse todo el mundo) acabe con la élite de la moda. Las mujeres acaudaladas y con contactos sociales pueden solicitar a artistas que creen varias piezas especiales de papel para un evento especial y después donarlo a un museo, siempre que la prenda no se haya deteriorado sobre la pista de baile”; escribía la comentarista social Marilyn Bender en declaraciones recogidas en Sixties Fashion. A pesar de su naturaleza humilde, no era la primera vez que un vestido de papel se consideraba un lujo: eran muy preciados en Japón durante el periodo Kamakura (1192-1333) y durante el periodo Edo (1603-1867) los más caros eran considerados de una elegancia exquisita.

El lienzo perfecto para la cultura pop de los 60

Hay quien se reveló contra el exceso sartorial de estas prendas. El artista gráfico Harry Gordon quiso tratar al paper dress como un lienzo: sus ‘vestidos póster’ se vendían a tres dólares, con unos patrones sencillísimos en línea A y sin mangas. El protagonista absoluto del diseño era su estampado: cinco modelos con cinco imágenes que iban de un ojo a un gato, pasando por una rosa, un cohete despegando (en órbita con la fiebre espacial que impactó en la moda) y una mano abierta con el símbolo budista de la paz. El lanzamiento inicial en Reino Unido en 1967 incluía el rostro en grande de Bob Dylan, pero no dio el permiso para ser impreso en su lanzamiento en Estados Unidos la primavera del año siguiente.

Vestido ‘póster’ de papel con el rostro de Bob Dylan.

Gordon no fue el único artista que ahondó en este vestido. Andy Warhol también hizo de él un punto de partida para la publicidad: había estado experimentando con las latas de sopa Campbell desde 1962, un motivo repetido hasta la saciedad y convertido en icono pop donde los haya. Lo tradujo a la moda a través del ‘souper dress’, un modelo de papel que recrea múltiples veces el motivo de las latas. Todo el mundo quería tener su modelo: como recoge Jonathan Walford en Sixties Fashion, la firma alimenticia Joy Green Giant (El Gigante verde) anunciaba su ‘paper dress’ con estampado de hojas verdes en 1967. Yellow Pages ofrecía también su propio diseños, impreso con hojas de periódico en amarillo. La revista Time incluía un modelo promocional en blanco y negro con las letras del nombre de la publicación.

En un momento en el que tanto la moda como el arte eran un fiel reflejo del consumo de masas de la época, el paper dress se convirtió en el perfecto símbolo de todo lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Podía convertirse en una obra de arte ponible, en un anuncio andante, incluso en un elemento de propaganda política. Así lo demostraron al menos las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 1968. Para la posteridad quedan los paper dresses ‘políticos’ con estampados de los principales candidatos políticos: el de Nixon incorporaba su nombre con letras azules sobre fondo en blanco, un diseño que lucieron varias chicas en Pittsburgh a la llegada del político al Civic Arena de la ciudad . Además de las estrellas, el de Bobby Kennedy incluía su propio rostro en blanco y negro. En la campaña para ganar la nominación al partido republicano en la carrera presidencial, el del gobernador Nelson Rockefeller repetía su cara varias veces sobre un fondo en amarillo y azul.

‘Paper dresses’ con los rostros de varios candidatos presidenciales norteamericanos (1968).
‘Paper dresses’ políticos para las campañas presidenciales de Nelson Rockefeller y Richard Nixon (1968).
‘Paper dress’ de la campaña electoral de Robert Kennedy con retrato, por Norman Rockwell (producido por James Sterling Paper Fashions Ltd. Nueva York, 1968).

Papel mojado

El papel parecía el material del mañana: la locura había llegado a las joyas e incluso hasta las pestañas, como recogía Life en 1967. Elisa Daggs decía que las máquinas de sellado sustituirían a las de coser. Incluso había quien vaticinaba un futuro en el que los vestidos podrían venir en grandes rollos, como bolsas de sándwiches, y que se venderían por centavos. Pero la realidad es que a pesar de su impacto, la fiebre duró solo unos pocos años. Hacia finales de los años sesenta, y ante el corto suministro de Dura-weave y Kaycel, los principales fabricantes estaban utilizando Reemay y Tyvek (ambas patentadas por Dupont) o Fibron para una ropa que más que de papel, ya era más bien ropa desechable. Descubrir su poca practicidad también fue uno de los responsables de su ocaso: “Aunque las prendas estaban pensadas para llevarlas no más de una vez, parecía decepcionante descubrir que esto era cierto. Los vestidos se hinchaban cuando la persona se sentaba, los estilos de las mangas a menudo se apelmazaban. Los dobladillos tenían una tendencia a doblarse a lo largo del borde”, describía Walford en Sixties Fashion.

Con los años, los paper dresses pasaron a ser, casi literalmente, papel mojado: su naturaleza efímera y su filosofía de usar y tirar chocaban con las ideas anti consumistas que adoptó una nueva generación de jóvenes que marcó el final de los años 60. Como contracultura, el movimiento hippie se opuso al capitalismo exacerbado, apostando por una moda de estética étnica que volvía a poner en valor la artesanía y los trabajos manuales como el crochet o el macramé. Aunque los vestidos de papel hayan vuelto de forma aislada sobre la pasarela con diseñadores más experimentales como Hussein Chalayan o Rei Kawakubo (su colección para Comme des Garçons primavera verano 1992 se inspiraba en dibujos de papel cortados japoneses en la línea de los goshoguruma y momiji), hoy quedan a pie de página como una anécdota de la historia que se conserva en los museos. El recordatorio de que una vez miramos hacia el espacio buscando materiales alternativos que pudiesen adaptarse a nuestro futuro. El ejemplo de que, a un ritmo que trata de ser más lento y consciente, la historia siempre se repite.

Vestido de papel con una mano estampada, de la artista Edith Ryker (1967).

FUENTE: VOGUE

Loewe inventa un nuevo modo de desfilar: un «show» en una caja

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Su propuesta inspirada en Marcel Duchamp, se añade a las nuevas iniciativas de marcas como Louis Vuitton, Gucci o Saint Laurent

Loewe ha presentado su colección de hombre primavera-verano 2021 en un formato alternativo extremadamente creativo que ha llamado show-in-a-box. Se trataba de una clásica caja archivadora de estilo años 50, con separadores internos que atesoraban todo lo que hubiera podido verse, oírse, percibirse y tocarse en el desfile que «imaginariamente» tuvo lugar ayer domingo a mediodía. En Loewe han demostrado que existen otros modos de desfilar en tiempos del Covid-19, uniendo la tradición y la tecnología.

Y es que quien piense que la moda se quedará parada, se confunde. Jonathan W. Anderson, director creativo de Loewe, ha tomado la idea de las famosas cajas de Marcel Duchamp, esas Boîtes-en-valises que vendía en América y que incluían toda una serie de dibujos, serigrafías, fotografías, miniaturas y pequeñas instalaciones con las que el gran artista intentaba crear pequeños museos portátiles. Lanzadas desde 1936 a 1966 por suscripción y elaboradas a mano inicialmente por el mismo Duchamp, esas cajas condensaban la esencia de su trabajo.

Artesanía contemporánea

« No me apetecía volver a los desfiles todavía, sino impulsar la artesanía y las tradiciones de un modo contemporáneo. Quería dar importancia a los volúmenes arquitectónicos y unir prendas y bolsos como si de una sola pieza se tratara», cuenta Anderson en el vídeo de presentación de su desfile. En cada caja enviada a la prensa e invitados se han incluido grandes recortables de las gafas de la colección, fichas con la colección de calzado, una carta de colores que expone la suavidad de gamas escogida o muestras de tejidos primorosamente organizadas.

Una carta personal de Jonathan Anderson, fotos de las prendas de la colección, una réplica del fondo del desfile, esculturas en papel a montar personalmente e incluso un disco en el que se escuchaba con un rudimentario cartón y una aguja el sonido del taller de Loewe en Madrid, completaban el sorprendente kit físico enviado a domicilio como si de un maletín de espía de posguerra se tratase.

Apoyo digital

El show-in-a-box se completó con una gran serie de contenidos digitales en Instagram y la web de la marca que se hicieron públicos ayer. Entre otros, se mostró una selección de vídeos caseros de los participantes en la front row ficticia, artistas y cantantes de los cinco continentes grabados en su entorno. También se distribuyeron vídeos explicativos de procesos de fabricación, como el centenario Shibori japonés, un tipo de teñido similar a tie dye sesentero o la artesanía tras las prendas en paja trenzada. Esta presentación, que invitaba a involucrarse en el proyecto, tanto por el tacto como por su atractivo visual, ha sido toda una novedad tras estos meses de confinamiento en los que la vida digital y evanescente ha presidido la escena. Un cahier de style físico e inesperado en el etéreo mundo actual.

Esta iniciativa sigue al anuncio de Louis Vuitton, que desarrollará una serie de breves desfiles casi sin público en distintas ciudades del mundo, ampliando la universalidad de la marca sin comprometer la salud de los asistentes. Y se une a las novedades en Gucci y Saint Laurent, que reducen sus desfiles a dos veces al año pero de modo digital, mientras que otras marcas muestran sus colecciones en Instagram o se reservan para mejores fechas. La paradoja de Lampedusa, cambiar todo para que nada cambie.

FUENTE: ABC.ES