14 garments that summarize the trends of autumn-winter 2020-2021

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With the season just around the corner, the 2020-2021 fall/winter trends are beginning to creep up on the shelves of some of our favorite stores. They also arouse our own interest: the end of summer usually brings with it an innate curiosity for September to know what to wear for the next few months. Trends come in droves: we’ve talked, for example, about the pleated skirt being one of the safest options this fall, as demonstrated by people from Lacoste to Hermès. Absolute contrasts await us: the palette of earthy tones that dye everything from coats to dresses and contrast with the not-so-discreet range of metallic touches, with silver pants, for example, that promise not to go unnoticed.

Which prints will be the trend this fall 2020? The paintings are once again one of the absolute protagonists of the season, printing with special emphasis jacket suits, coats and capes, another of the star pieces of the winter closet. The checks are also aligned with the preppy aesthetic to emphasize the timeless elegance of cardigans and sweaters in pure ‘Ivy League’ style. The animal print is updated with geometric prints and other creatures, especially horses. In fact, the equestrian trend is one of the most repeated proposals among the firms. The pinstripe also stands out as one of the most attractive bets to give a twist to tailored suits, both in the trouser and skirt versions.

We are also expecting a season of the most tactile: the lamb and the hair effect invades hems and coats entirely to cover the body and counteract the trend of lingerie and lace at sight, as in Rodarte, Tom Ford or Saint Laurent.

A pleated skirt
Plus: if it is silver
COMPRAR: falda plateada con lentejuelas, de Sportmax (335€).
A red dress
Plus: if it is high neck and tight
COMPRAR: vestido rojo de punto, de Norma Kamali (275€).
One layer
Plus: make it checkered, one of the trend prints of autumn 2020.
COMPRAR: capa de cuadros, de Gucci (2.600€).
An embellished garment
Plus: that includes links, another of the kings of trends
COMPRAR: vestido de punto con eslabones en el cuello, de Bottega Veneta (1.567€).
Different animal print
Plus: keep up the equestrian trend so in vogue this season
COMPRAR: chaqueta con estampado de caballos, de Maje (175€).
A garment of Victorian air
Plus: a contrast knot that reinforces its historicist air
COMPRAR: blusa con volantes, de Sandro (225€).
Bangs everywhere
Plus: go out of the way of accessories and include them in a garment
COMPRAR: chaqueta denim con flecos, de Zara (39,95€).
Sheep coats
A plus: going beyond the usual colors and betting on chromatic contrasts

COMPRAR: abrigo con efecto borreguillo, de Stand Studio (204€).
A dress in earth tones
A plus: that it is has a lingerie silhouette

COMPRAR: ‘slip dress’, de & Other Stories (40€).
A ‘preppy’ looks sweater
A plus: change the usual ‘Ivy League’ cardigan for a rhombus sweater

COMPRAR: jersey de rombos, de Miu Miu (396€).
Puffed Sleeves
A plus: combine them in the same garment with other effects such as metallization

COMPRAR: jersey de lúrex con mangas amplias, de Uterqüe (29,95€).
A suit
A plus: betting on the diplomatic line this fall

COMPRAR: pantalón de raya diplomática de Zadig & Voltaire (275€).
A bra in sight
A plus: make it lace

COMPRAR: sujetador, de Oysho (16,99€).

SOURCE: VOGUE

Paper dresses, los vestidos de los años 60 que se anticiparon al concepto de ‘fast fashion’

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Elaborados con celulosa, estos diseños fueron el perfecto lienzo en blanco para la cultura pop y el consumo de masas que lideró la juventud a mediados de s. XX

Dice Mary Quant que el futuro siempre será de los jóvenes. Una frase demoledora que viene a resumir perfectamente los cambios tan radicales que han supuesto los adolescentes a lo largo del siglo XX. Lo que se dejó ver de manera incipiente en la década de los veinte, en los años sesenta se convirtió en un terremoto que puso patas arriba la sociedad en todos sus ámbitos. La autobiografía de la diseñadora británica, Quant by Quant, es una demostración constante del carácter rupturista de una generación. Su forma de pensar, de ver la sexualidad y por supuesto, su manera de vestir, chocaba a todas luces con el estilo de sus madres: “Las voces, reglas y cultura de esta generación son tan diferentes de las del pasado como el té y el vino. Y la ropa que eligen evoca sus vidas… atrevidas y alegres, nunca aburridas”, escribía en sus memorias una de las responsables de crear la minifalda.

La suya fue una generación que se convirtió en el centro del universo. Compraban en tiendas al ritmo casi frenético que marcaba la música que salía de alguna de ellas (algo que no existía hasta el momento). A los dos minutos se cansaban de una tendencia, pasaban a otra. Se enfundaban en vestidos y accesorios igual de alocados que su forma de consumir. Su sed por la novedad contribuyó a acelerar los engranajes de la moda a un ritmo más y más rápido, hasta llegar a un sistema implantado que hoy la industria trata de moderar. Si el sector encontró en los más jóvenes un filón ávido de consumo, existió a finales de los años 60 una moda afín a ellos que fue mucho más que una tendencia efímera: los paper dresses, los vestidos de papel, vinieron a convertirse en la metáfora perfecta de una generación que parecía anticipar el fast fashion y su forma de concebir la ropa.

Tony Curtis pintando sobre el paper dress de Claudia Cardinale durante el rodaje de la película ‘No hagan olas’ (1967).

El carácter experimental de la década subió a la pasarela el vinilo o los metales. Solamente era cuestión de tiempo que viesen el potencial del papel: ya existía como material protector sanitario y ropa de cama desechable para los hospitales. Faltaba convertirlo en un tejido que pudiese colgarse de las perchas. De hecho, fueron dos de las multinacionales asociadas al papel las primeras en vincularse a estos vestidos. Y lo hicieron con dos respectivos materiales patentados que no eran únicamente papel, sino formulaciones a partir de celulosaScott Paper Company (responsable, sí, de firmas como Scottex) utilizaba una malla de rayón para su Dura-weave, mientras que Kimberly Stevens recurría al nylon para Kaycel, usando como era costumbre para sus productos la letra K, como en sus kleenex.

Todo comenzó allá por 1965, cuando un ingeniero de Scott Paper pensó que podría haber posibilidades en la moda de papel. Pidió a su mujer el patrón de un sencillo vestido en línea A para poder hacer prendas que vender a grandes almacenes como novedosa pieza de verano. Cuenta Jonathan Walford en Sixties Fashion que no hubo mucho interés, pero como patrocinador del concurso de belleza televisado Junior Miss Pageant en 1966, Scott lo convirtió en un objeto promocional que se retransmitió por todo Estados Unidos. Se lanzaron las ventas en abril de ese año: por 1,25 dólares se podía comprar a través del correo uno de los dos vestidos de papel posibles. Comercializados bajo la marca Paper Caper, uno se caracterizaba por su estampado rojo y amarillo de tipo bandana. El otro paper dress incluía una obra de Op-Art, los cuadros hipnóticos de Victor Vasarely que el diseñador italiano Roberto Capucci ya había traducido en abrigo el año anterior.

Primeros ‘paper dresses’ de Scott Company con un diseño bandana y en Op-art (1966)

Como si de un mueble de Ikea se tratase, cada vestido venía con un manual de instrucciones en el que explicaban cómo modificarlo o cuidarlo, además de un aviso sobre cómo meterlo en la lavadora podría eliminar su capacidad ignífuga. “Para acortar el vestido, todo lo que se necesita es una mano firme y un par de tijeras […] Mientras que no deberías contar con llevarlo más de una vez, dependiendo del uso hay quien se lo ha podido poner hasta tres o cuatro veces. También puedes cortar el vestido para utilizarlo como toallas de usar y tirar para invitados, o incluso como delantal. Nunca sustituirá al vestido negro como básico de armario, pero como prenda de conversación y para llamar la atención, Paper Caper es único”, recogía.

El vestido de papel parecía adaptarse como un guante a las necesidades de las más jóvenes: por un lado, solo permitía varios usos, la excusa perfecta para pasar a la siguiente novedad. Y lo hacía a un precio muy asequible que todo el mundo podía costearse. Por el otro, encajaba a la perfección con la naturaleza anti costura de esas nuevas clientas femeninas que rechazaban la actitud “make, do and mend de la generación anterior. Ya no se trataba de la idea de remendar y reciclar que imperó con la escasez en la Segunda Guerra Mundial. Ahora era más interesante coger unas tijeras y cinta adhesiva que pasar toda la noche con el costurero. Además, para aquellas jóvenes ansiosas por explorar las libertades crecientes de la década “salir en un vestido que era descaradamente fácil de arrancar planteó una forma excitante de subrayar la nueva política sexual”, planteaba el Victoria & Albert Museum en un artículo al respecto de los paper dresses.

Una mano precisa y unas tijeras. Solo se necesitaba eso para personalizar un vestido de papel y hacerlo ‘mini’.

En plena Guerra Fría y en la lucha por el liderazgo espacial, los vestidos de papel eran además lo más parecido a mirar hacia el futuro. Eran “la respuesta a la colada en el espacio”, como los definió un artículo de la revista Life en su número del 25 de noviembre de 1966. A fin de cuentas, ¿Quién iba a plantearse poner una lavadora estando en órbita? Los paper dresses eran una opción mucho más factible, sobre todo teniendo en cuenta, recogían en la publicación, que una de sus principales atracciones era que “no parece papel en absoluto, sino más bien una tela de algodón”.

La cifra que más suele salir a relucir es la de las ventas de Scott Paper: hacia finales de año ya llevaba vendidos unos 500.000 vestidos. Los beneficios de la ropa de papel, según cuentan en Dress and Popular Culture, atrajeron más de sesenta manufacturas, con ventas estimadas entre los 50 y los 100 millones de dólares en un año. El tejido de papel se vendía al por mayor a unos 8-10 dólares la yarda (5-7 euros el metro, aproximadamente), aunque se esperaba que bajase de precio. Otra de las compañías que lideró el sector fue Mars of Asheville, cuyos vestidos venían etiquetados bajo el nombre “Waste Basket Boutique” (algunos se conservan todavía en la colección del Victoria & Albert Museum de Londres). En su obra, Jonathan Walford explica que hacia finales de 1966 era el principal fabricante de desechables: producía 80.000 prendas de papel a la semana, habían vendido 1,4 millones de unidades y las ventas alcanzaban los 3,5 millones de dólares.

‘Paper dress’ de Waste Basket Boutique (1967).

Varios fueron los diseñadores que crearon prendas de papel: Scott Paper encargó a Paco Rabanne que hiciese paper dresses para complementar sus diseños más conocidos de plástico y metal sobre la pasarela parisina. Ossie Clark también produjo sus propios modelos desechables a unos quince chelines la unidad, mientras Bonnie Cashin ideó una línea de prendas llamada Paper-Route. En el marco de una sesión fotográfica inmortalizada por Horst P. Horst para la revista Look en 1967, varios de los couturiers principales participaron con diseños de papel propios: según Walford, Fabiani lo hizo con un vestido dorado, Pucci con culottes en blanco y negro, Belville con un vestido de novia, Dior con un vestido blanco corto y Givenchy con un un abrigo plateado acolchado. El propio Horst se involucró en los diseños, creando un traje de sastre de papel en color verde que el actor Steve McQueen lució en el reportaje fotográfico de la publicación.

Modelos durante la presentación en París de la colección ‘Puzzle’, vestidas con ropa de papel (1967).

Hubo diseñadores que incluso se especializaron en moda de papel. Fue el caso de Elisa Daggs, una creadora con base en Nueva York cuyos diseños pueden encontrarse en las vitrinas de museos como el MET,  el Fine Arts Museum de San Francisco o el Fashion History Museum de Ontario (Canadá). Especializada en prendas como los caftanes, hizo varios encargos de papel ligados a las aerolíneas internacionales. El primero fue un sari promocional para Air India (1967) y un año después colaboró con Trans World Airlines, para la línea francesa (en color dorado) y para la italiana (una especie de kimono con cinturón). Sus diseños son el ejemplo perfecto de la complejidad que adquirieron la estructura de los paper dresses: ya no eran sencillos vestidos de silueta A y líneas puras. Ahora se llenaban de volantes, o sus patrones incluían hasta ocho piezas, como algún vestido de rayas que produjo en 1967.

Los años 60 trajeron una relación muy estrecha entre el mundo aéreo y la moda. Los ‘paper dresses’ también llegaron hasta los uniformes de las azafatas de British Airways (1967).

Además, el paper dress llevó a declinaciones que dejaron de considerarlo exclusivamente como una prenda asequible. En su número de noviembre de 1966, la revista Life hablaba del amplio rango de precios que podía adquirir esta pieza, “desde los mil dólares de un vestido de noche” al poco más de un dólar que podía costar un vestido de playa. En ese mismo reportaje se incluyeron los tres modelos que Tzaim Luksus creó con motivo del Paper Ball (una gala benéfica que hubo en el Wadsworth Atheneum museum de Hartford), y cuyo precio ascendía a mil dólares. El mismo coste del vestido, también de Luksus, que lució la actriz Arlene Dahl en en el famoso programa de televisión I’ve got a secret (1966), donde presentó una colección de vestidos de papel

“No hay ninguna necesidad de preocuparse por que un vestido tan democrático (uno que puede permitirse todo el mundo) acabe con la élite de la moda. Las mujeres acaudaladas y con contactos sociales pueden solicitar a artistas que creen varias piezas especiales de papel para un evento especial y después donarlo a un museo, siempre que la prenda no se haya deteriorado sobre la pista de baile”; escribía la comentarista social Marilyn Bender en declaraciones recogidas en Sixties Fashion. A pesar de su naturaleza humilde, no era la primera vez que un vestido de papel se consideraba un lujo: eran muy preciados en Japón durante el periodo Kamakura (1192-1333) y durante el periodo Edo (1603-1867) los más caros eran considerados de una elegancia exquisita.

El lienzo perfecto para la cultura pop de los 60

Hay quien se reveló contra el exceso sartorial de estas prendas. El artista gráfico Harry Gordon quiso tratar al paper dress como un lienzo: sus ‘vestidos póster’ se vendían a tres dólares, con unos patrones sencillísimos en línea A y sin mangas. El protagonista absoluto del diseño era su estampado: cinco modelos con cinco imágenes que iban de un ojo a un gato, pasando por una rosa, un cohete despegando (en órbita con la fiebre espacial que impactó en la moda) y una mano abierta con el símbolo budista de la paz. El lanzamiento inicial en Reino Unido en 1967 incluía el rostro en grande de Bob Dylan, pero no dio el permiso para ser impreso en su lanzamiento en Estados Unidos la primavera del año siguiente.

Vestido ‘póster’ de papel con el rostro de Bob Dylan.

Gordon no fue el único artista que ahondó en este vestido. Andy Warhol también hizo de él un punto de partida para la publicidad: había estado experimentando con las latas de sopa Campbell desde 1962, un motivo repetido hasta la saciedad y convertido en icono pop donde los haya. Lo tradujo a la moda a través del ‘souper dress’, un modelo de papel que recrea múltiples veces el motivo de las latas. Todo el mundo quería tener su modelo: como recoge Jonathan Walford en Sixties Fashion, la firma alimenticia Joy Green Giant (El Gigante verde) anunciaba su ‘paper dress’ con estampado de hojas verdes en 1967. Yellow Pages ofrecía también su propio diseños, impreso con hojas de periódico en amarillo. La revista Time incluía un modelo promocional en blanco y negro con las letras del nombre de la publicación.

En un momento en el que tanto la moda como el arte eran un fiel reflejo del consumo de masas de la época, el paper dress se convirtió en el perfecto símbolo de todo lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Podía convertirse en una obra de arte ponible, en un anuncio andante, incluso en un elemento de propaganda política. Así lo demostraron al menos las elecciones presidenciales de Estados Unidos en 1968. Para la posteridad quedan los paper dresses ‘políticos’ con estampados de los principales candidatos políticos: el de Nixon incorporaba su nombre con letras azules sobre fondo en blanco, un diseño que lucieron varias chicas en Pittsburgh a la llegada del político al Civic Arena de la ciudad . Además de las estrellas, el de Bobby Kennedy incluía su propio rostro en blanco y negro. En la campaña para ganar la nominación al partido republicano en la carrera presidencial, el del gobernador Nelson Rockefeller repetía su cara varias veces sobre un fondo en amarillo y azul.

‘Paper dresses’ con los rostros de varios candidatos presidenciales norteamericanos (1968).
‘Paper dresses’ políticos para las campañas presidenciales de Nelson Rockefeller y Richard Nixon (1968).
‘Paper dress’ de la campaña electoral de Robert Kennedy con retrato, por Norman Rockwell (producido por James Sterling Paper Fashions Ltd. Nueva York, 1968).

Papel mojado

El papel parecía el material del mañana: la locura había llegado a las joyas e incluso hasta las pestañas, como recogía Life en 1967. Elisa Daggs decía que las máquinas de sellado sustituirían a las de coser. Incluso había quien vaticinaba un futuro en el que los vestidos podrían venir en grandes rollos, como bolsas de sándwiches, y que se venderían por centavos. Pero la realidad es que a pesar de su impacto, la fiebre duró solo unos pocos años. Hacia finales de los años sesenta, y ante el corto suministro de Dura-weave y Kaycel, los principales fabricantes estaban utilizando Reemay y Tyvek (ambas patentadas por Dupont) o Fibron para una ropa que más que de papel, ya era más bien ropa desechable. Descubrir su poca practicidad también fue uno de los responsables de su ocaso: “Aunque las prendas estaban pensadas para llevarlas no más de una vez, parecía decepcionante descubrir que esto era cierto. Los vestidos se hinchaban cuando la persona se sentaba, los estilos de las mangas a menudo se apelmazaban. Los dobladillos tenían una tendencia a doblarse a lo largo del borde”, describía Walford en Sixties Fashion.

Con los años, los paper dresses pasaron a ser, casi literalmente, papel mojado: su naturaleza efímera y su filosofía de usar y tirar chocaban con las ideas anti consumistas que adoptó una nueva generación de jóvenes que marcó el final de los años 60. Como contracultura, el movimiento hippie se opuso al capitalismo exacerbado, apostando por una moda de estética étnica que volvía a poner en valor la artesanía y los trabajos manuales como el crochet o el macramé. Aunque los vestidos de papel hayan vuelto de forma aislada sobre la pasarela con diseñadores más experimentales como Hussein Chalayan o Rei Kawakubo (su colección para Comme des Garçons primavera verano 1992 se inspiraba en dibujos de papel cortados japoneses en la línea de los goshoguruma y momiji), hoy quedan a pie de página como una anécdota de la historia que se conserva en los museos. El recordatorio de que una vez miramos hacia el espacio buscando materiales alternativos que pudiesen adaptarse a nuestro futuro. El ejemplo de que, a un ritmo que trata de ser más lento y consciente, la historia siempre se repite.

Vestido de papel con una mano estampada, de la artista Edith Ryker (1967).

FUENTE: VOGUE

14 prendas que resumen las tendencias de otoño-invierno 2020-2021

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Con la temporada a la vuelta de la esquina, las tendencias de otoño-invierno 2020-2021 empiezan a asomar tímidamente entre los estantes de algunas de nuestras tiendas favoritas. También despiertan nuestro propio interés: el final del verano suele trae consigo una curiosidad innata de cara a septiembre por saber qué se va a llevar de cara a los próximos meses. Las tendencias llegan con cuentagotas: hemos hablado, por ejemplo, de que este otoño la falda plisada repite como una de las opciones más seguras, tal y como han demostrado desde Lacoste a Hermès. Nos esperan contrastes absolutos: la paleta de tonos tierra que tiñe desde abrigos a vestidos y se contrapone a la nada discreta gama de toques metalizados, con pantalones plateados, por ejemplo, que prometen no pasar desapercibidos. 

¿Qué estampados serán tendencia este otoño 2020? Los cuadros vuelven a ser uno de los protagonistas absolutos de la temporada, imprimiendo con especial énfasis trajes de chaqueta, abrigos y capas, otra de las piezas estrella del armario invernal. Los cuadros se alinean a su vez con la estética preppy para subrayar la elegancia atemporal de cárdigans y jerséis al puro estilo ‘Ivy League’. Por su lado, el animal print se actualiza con estampados geométricos y otras criaturas, especialmente los caballos. De hecho, la tendencia ecuestre es una de las propuestas más reiteradas entre las firmas. La raya diplomática también se erige como una de las apuestas más atractivas para dar una vuelta de tuerca a los trajes sastre, tanto en su versión pantalón como en falda.

Nos espera también una temporada de lo más táctil: el borrego y el efecto pelo invade dobladillos y abrigos por entero para cobijar el cuerpo y contraponer la tendencia de lencería y encaje a la vista, como en Rodarte, Tom Ford o Saint Laurent.

Una falda plisada
Plus: si es plateada
COMPRAR: falda plateada con lentejuelas, de Sportmax (335€).
Un vestido rojo
Plus: si es de cuello alto y ajustado
COMPRAR: vestido rojo de punto, de Norma Kamali (275€).
Una capa
Plus: que sea de cuadros, uno de los estampados tendencia del otoño 2020.
COMPRAR: capa de cuadros, de Gucci (2.600€).
Una prenda embellecida
Plus: que incluya eslabones, otro de los reyes de las tendencias
COMPRAR: vestido de punto con eslabones en el cuello, de Bottega Veneta (1.567€).
Animal print diferente
Plus: que siga la tendencia ecuestre tan en boga esta temporada
COMPRAR: chaqueta con estampado de caballos, de Maje (175€).
Una prenda de aire victoriano
Plus: una lazada a contraste que refuerza su aire historicista

COMPRAR: blusa con volantes, de Sandro (225€).
Flecos por todas partes
Plus: salirse de la tónica de los accesorios e incluirlos en una prenda
COMPRAR: chaqueta denim con flecos, de Zara (39,95€).
Abrigos de borreguillo
Un plus: salirse de los colores habituales y apostar por contrastes cromáticos

COMPRAR: abrigo con efecto borreguillo, de Stand Studio (204€).
Un vestido en tonos tierra
Un plus: que sea de silueta lencera

COMPRAR: ‘slip dress’, de & Other Stories (40€).
Un jersey de aire ‘preppy’
Un plus: cambiar el cárdigan habitual a lo ‘Ivy League’ por un jersey de rombos

COMPRAR: jersey de rombos, de Miu Miu (396€).
Mangas abullonadas
Un plus: aunarlas en una misma prenda con otros efectos como el metalizado

COMPRAR: jersey de lúrex con mangas amplias, de Uterqüe (29,95€).
Un traje de chaqueta
Un plus: apostar este otoño por la raya diplomática

COMPRAR: pantalón de raya diplomática de Zadig & Voltaire (275€).
Un sujetador a la vista
Un plus: que sea de encaje

COMPRAR: sujetador, de Oysho (16,99€).

FUENTE: VOGUE

El futuro de las compras de lujo, en mano de las nuevas generaciones

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Se estima que para 2025 los ‘millennials’ supongan el 50% de las compras del lujo y, para 2035, la generación Z alcance el 40%. Pero, ¿cómo compran hoy los nuevos segmentos de consumidores?

Clamaba Rubén Darío aquello de “juventud divino tesoro”. Y eso que por aquel entonces nada se sabía aún de millennials o xennials. En la era del consumo y el sesgo generacional, sin embargo, referirse a la juventud como fuente de riqueza implica bastante más que una figura literaria. Ahí están los estudios que nos recuerdan que precisamente estas nuevas generaciones suponen ya un 38% de las compras de lujo actuales (los millennials representan un 30% frente al 8% de la generación Z), o que en 2025 se estima que esa cifra supere el 50%. Y todo, pese a que este lujo poco o nada tiene que ver con la concepción tradicional que acuñaron los padres de esos jóvenes años atrás.

De hecho, según apunta un sondeo llevado a cabo por Business of Fashion en colaboración con la consultora McKinsey, para los consumidores pertenecientes a las generaciones millennialxennial y Z, aspectos como los de la sostenibilidad o la ética ocupan el primer puesto en la lista de requisitos a la hora de decantarse por una u otra marca frente a otros referentes como el diseño o la estética; y lo mismo ocurre con la calidad, que gana enteros frente a la cantidad a medida que las generaciones avanzan. “Ponemos mucho más peso y pensamiento en lo que hay detrás de la marca que vamos a consumir, y sí que es verdad que, en general, la sostenibilidad y la ética son dos temas bastante relevantes para nuestra generación, por lo que tendemos a valorar que las marcas representen valores sociales más allá de la mera producción”, defiende Rafa Magaña Villar, socio de Mazinn, una consultoría especializada en asesorar a marcas sobre los comportamientos y gustos de la generación Z.

Así, según la mayoría de datos y estudios, esta nueva prole está compuesta por jóvenes preocupados por vestir prendas y artículos sostenibles y el efecto Greta Thunberg es para ellos mucho más que una moda o pataleta. Claro que aquí, como en todo, nada es blanco o negro y, en el caso de los jóvenes, la compra final a veces roza incluso el marrón. “Somos una generación extremadamente heterogénea y, teniendo en cuenta nuestra juventud, es habitual que caigamos en la contradicción. De ahí que también haya momentos en los que tratamos de ajustarnos a toda esta presión que supone aparecer en redes sociales constantemente y para ello podemos acabar comprándonos la camiseta de la marca falsa o un poco lo que podamos encontrar barato y con el único fin de enseñarlo”, continúan desde Mazinn. No van desencaminados, si tenemos en cuenta un reciente estudio que defiende que aunque el 66% de la gen-Z busca esta clase de marcas comprometidas y sostenibles, solo el 31% está dispuesto a pagar más por ello. Un pequeño atisbo de esta contradicción que, no obstante, es ciertamente esperanzadora frente al escaso 12% de los denominados baby boomers (la generación de muchos de sus padres) que afirman lo mismo.

Pero, en realidad, abrir el melón de las redes sociales cuando hablamos de jóvenes, implica hablar de dos desarrollos que crecen y evolucionan de forma pareja. De ahí que las reglas no escritas de plataformas como Instagram o TikTok lleguen en muchos casos a dictar los hábitos de consumo de estos adolescentes. Se aprecia en esa necesidad de diferenciarse a toda costa a través del camino corto que supone esa camiseta falsa y también –y sobre todo– a través de los éxitos rotundos que suponen las ediciones limitadas dentro de este sector de la población. Se engloban en este campo las colecciones cápsula, las tiradas escasas y las colaboraciones. Estas últimas, de hecho, se han convertido en una fuente de ingresos extra para muchas marcas que encuentran en estas asociaciones una forma de abrirse al público joven sin mayores riesgos. Lo vimos con la alianza entre Louis Vuitton y Supreme; también con Adidas y Pharrell Williams, o incluso con Jimmy Choo y Off-White.

Pero no solo las compras en sí están cambiando entre los jóvenes. También la forma en que estas se llevan a cabo va camino de convertir a la clásica quedada en el centro comercial de los 90, en un plan vintage que las generaciones venideras verán únicamente en las películas. Los consumidores noveles han crecido arropados por el manto de Internet y a menudo prescinden de artículos tan básicos para sus progenitores como el coche. Algo que repercute de forma directa sobre sus métodos de compra provocando que, tal y como recapitula una encuesta llevada a cabo por McKinsey y Red Associates, se conviertan en clientes que reclaman sus contenidos en la propia puerta de casa, pero también que consuman de un modo más local. “Los comercios tradicionales no desaparecerán, pero están destinados a adaptarse y a utilizar todos los canales de venta porque para los consumidores Z el producto es también la experiencia, tanto en el proceso de compra como en su propio uso”, explica Iñaki Ortega, profesor de Deusto y autor –junto a Núria Vilanova– de Generación Z (Ed. Plataforma).

A domicilio, con pequeños desplazamientos o incluso a través de sus consolas –juegos como Animal Crossing han resultado ser una atractiva fuente de publicidad para muchos diseñadores–, los más jóvenes buscan marcas de streetwear con las que definir su estilo, pero también clásicos que, seguro, sonarán familiares a sus progenitores. “Los adolescentes estadounidenses dedican un 31% de mindshare a marcas de lujo como Louis Vuitton o Chanel y, aunque es poco probable que compren bolsos de estas marcas, creemos que están respondiendo favorablemente a la dirección de marketing que LVMH y Kering están tomando”, explicaba Piper Sandler en su informe sobre consumo adolescente. Una afirmación con la que también coincide Ortega: “Esta nueva generación pone el foco en la inmediatez y asume un uso efímero de lo que compra. Seducirlos con productos específicamente pensados para ellos, estableciendo una comunicación y un branding personalizado, es el reto del marketing para los Z”. Y es que puede que el centro comercial y las bolsas estén pasadas de moda, pero la necesidad de diferenciarse sin dejar de encajar sigue tan vigente como en cualquier taquillazo de los 90. 

FUENTE: VOGUE

‘Bolsos unicornio’: el bolso Gucci que no sabíamos que queríamos y en el que no podemos parar de pensar

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Si eres amante de los colores pastel y de la estética ‘My Little Pony’ no podrás resistirte a la última creación de Gucci para este otoño: el bolso unicornio

Para hablar sobre el que promete ser uno de los hits de la próxima temporada, conviene ir por partes. Primero, es necesario hablar de la estética del bolso Gucci que, sea cual sea el modelo elegido, garantiza siempre que se trate de un clásico que garantiza una inversión segura; y, por otro, no podemos obviar el poder de fascinación que trae consigo el fenómeno unicornio que ya habíamos visto antes en zapatosvino y hasta Frapuccinos.

Precisamente empezamos por esta recapitulación de los hechos porque solo así se entiende el delirio que hemos sentido al toparnos con la nueva gama cromática que la casa italiana presenta para su colección otoño-invierno 2020/2021 y de la que ya se puede extraer un adelanto a través de su página web. Una adaptación de algunos de los modelos de bolsos y carteras icónicos de la casa (el diseño GG Marmont en sus distintas versiones parece ser la estrella), esta vez reinterpretados a través de esa estética dulce y naíf que caracteriza al fenómeno unicornio y que tanto -y a tantos- fascina.

Se trata así de modelos en los que la tradicional piel monocromática se sustituye por un arcoíris de tonos pastel que irremediablemente nos transporta a esa cabellera iridiscente del personaje mitológico desde una perspectiva conceptual y en la que, una vez más, se puede palpar la fascinación de su director creativo Alessandro Michele por ese universo mágico y onírico que tan bien ha sabido plasmar al frente de Gucci.

Surge así un nuevo icono que seguro se convertirá en objeto de culto, pero también un nuevo bolso Gucci destinado a posicionarse como clásico en sí mismo. Ahora, el único dilema es elegir por cuál nos decantaríamos, teniendo en cuenta las opciones vigentes (por lo de pronto, en su web pueden encontrarse ya las adaptaciones del diseño a carteras y tarjeteros).

FUENTE: VOGUE